
La obra nace de un relato colectivo sobre la marca de barro en los zapatos de niñas y niños que van al colegio. Se materializa en una figura 3D de un niño con bolsas transparentes cubriendo sus zapatos, como representación de una práctica cotidiana utilizada para evitar que se ensuciaran durante el camino. La figura se dispone sobre bloques de arcilla cruda envasada, organizados en un gradiente de color que remite al barro del territorio y al marrón como marca de racialización, estigma y discriminación sobre los cuerpos que habitan la Cañada.
La historia surgió durante los talleres de activación de memoria realizados con habitantes del territorio. Niños y niñas llegaban a la escuela con los zapatos sucios después de recorrer largas distancias sobre el lodo acumulado tras las lluvias. Las madres contaban que, para llevarles al colegio, tenían que cubrirles los zapatos con bolsas o, cuando era posible, cambiarles los zapatos por botas de agua tanto a la ida como a la vuelta. El barro se convirtió así en una marca inseparable de crecer en la Cañada.
Les vecines intentaron cubrir las zonas más pantanosas con gravilla, conseguida mediante actividades organizadas para reunir fondos. Cuando lograron obtener el material y gestionar un camión para extenderlo sobre los caminos de tierra, el Ayuntamiento lo retiró por completo. Según el relato, una funcionaria afirmó que le gustaba que el barro marcara las infancias porque era «el sello de los niños de Cañada», una señal que permitía reconocer y diferenciar desde el estigma a quienes vivían allí respecto a otras infancias.
La instalación recrea lo que significa el barro para niñas y niños en los espacios escolares e institucionales, poniendo en primer plano la crudeza de esta experiencia y su dimensión simbólica como estigma racial y de clase.
