DERECHO A LA RABIA

Pieza de gran formato que presenta la frase «Derecho a la rabia» en una estructura que reproduce la forma del camino de la Cañada Real. Su composición remite al cartel de entrada del campo de concentración de Auschwitz, donde se leía «Arbeit macht frei» —«el trabajo os hará libres»—.


Esta referencia se utiliza como un ejercicio crítico frente a la deshumanización de la Cañada Real, situada a apenas 15 minutos del centro de Madrid y, sin embargo, ignorada por las autoridades como barrio y como comunidad. La pieza se apropia de esta estrategia perversa para abordar los estigmas construidos sobre el territorio y el racismo sistemático al que se somete a sus habitantes.


La obra reivindica la rabia como el derecho a no ser obligades a perdonar ni a olvidar mientras persistan las estructuras que reproducen la opresión. Un derecho a sentir y expresar la indignación, y a convertirla en fuerza de resistencia y práctica de reparación. La rabia aparece aquí como memoria, dignidad y afirmación política.

Diverses autores han abordado la rabia como un recurso político indispensable en las luchas sociales. Fanon mostró cómo la violencia colonial genera una respuesta de furia capaz de convertirse en motor de emancipación. Desde el feminismo decolonial, distintas pensadoras han señalado que la rabia expresa la persistencia de la colonialidad y abre una grieta desde la que articular la lucha.


En los discursos hegemónicos, la rabia suele presentarse como una emoción irracional, negativa o peligrosa. Se la criminaliza y patologiza, especialmente cuando proviene de pueblos colonizados, personas migrantes, mujeres o sujetos racializados. La colonialidad expolió territorios y cuerpos, pero también impuso un régimen emocional basado en la gratitud, la obediencia y el silencio.


El derecho a la rabia, articulado desde los movimientos antirracistas, legitima emociones históricamente desautorizadas en los cuerpos y comunidades subalternizadas. La rabia opera como saber encarnado, recurso político y forma de desobediencia. Es la memoria afectiva de una herida colonial que permanece abierta y conecta las violencias del pasado con el despojo, la desigualdad y el racismo estructural del presente. Como escribió Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, la violencia colonial puede liberar al sujeto colonizado de su pasividad y restituirle su capacidad de actuar.