DERECHO A LA RABIA

En esta pieza la expresión “Derecho a la rabia” se presenta en forma de cartel, inscrita dentro de un marco que reproduce el trazado del camino correspondiente a la Cañada Real. La estructura remite al cartel de las puertas de entrada al campo de concentración de Auschwitz que decía "Die arbeit macht frei" (el trabajo os hará libres).
Tomamos esta referencia como ejercicio crítico frente a lo que significa ignorar y deshumanizar a un barrio como Cañada Real, ubicado a tan solo 15 minutos de Madrid, y que no es considerado por las autoridades ni como barrio ni como comunidad. Nos apropiamos de esta estrategia para abordar de manera crítica los estigmas que han ejercido contra Cañada y el racismo sistemático al que sus habitantes son sometidos.
Se señala la rabia como un derecho, el derecho a no ser obligados a perdonar o a olvidar mientras persistan las estructuras que reproducen la opresión. Un derecho a sentir y expresar esa indignación, a usar la rabia como fuerza de resistencia y práctica de reparación. Lo que principalmente recoge esta pieza es hablar de la rabia como memoria y dignidad.
"En el plano de los individuos, la violencia desintoxica. Libera al colonizado de su complejo de inferioridad, de su actitud pasiva y desesperada. Lo embriaga porque le restituye su ser. La violencia ilumina, porque indica al pueblo los medios y los fines."Frantz Fanon, Los condenados de la tierra (1961)".
Muchos autores han hablado de la rabia como un recurso político indispensable en las luchas sociales. Fanon, a través de sus textos, nos ha mostrado cómo la violencia colonial genera inevitablemente una respuesta de furia que puede volverse motor de emancipación. En el feminismo decolonial se subraya que la rabia no es un problema a resolver, sino un síntoma de la colonialidad persistente y, a la vez, una grieta desde donde se articula la lucha.
En los discursos hegemónicos, la rabia suele aparecer como algo negativo, irracional, incluso peligroso. Se la criminaliza o patologiza, especialmente cuando proviene de pueblos colonizados, migrantes, mujeres o sujetos racializados. La colonialidad no solo expolió territorios y cuerpos, también impuso un régimen emocional en el que se espera que los otros respondan con gratitud o silencio. La rabia queda así proscrita, vista como una reacción excesiva o injustificada.
El derecho a la rabia es una noción que se ha ido articulando desde movimientos antirracistas como forma de legitimar emociones históricamente desautorizadas en los cuerpos y comunidades subalternizadas. La rabia no es un estorbo ni una patología, sino un saber encarnado, un recurso político y una forma de desobediencia frente a la colonialidad. Al reivindicarla como memoria afectiva de esta herida colonial no cerrada, no hablamos de un sentimiento individual aislado, sino de una expresión histórica y colectiva que conecta las violencias pasadas con las presentes. La rabia es huella y continuidad de la esclavitud, del despojo y del racismo estructural que opera hasta el día de hoy.
