CON EL MIEDO EN EL CUERPO

Las mujeres de la Asociación Tabadol elaboraron una obra de teatro llamada “Los nombres del miedo”, que surgió a raíz del corte de luz que desde 2020 afecta a la Cañada Real. Para el museo se acordó llevar a cabo uno de los fragmentos de esta obra y transformarlo en una pieza audiovisual. Tras un proceso de selección, se eligió el fragmento “Con el miedo en el cuerpo”. Todo lo que se describe en la obra refleja situaciones y experiencias reales de estas mujeres. Aquellas que se ofrecieron a dramatizar la lectura y participar compartieron historias propias y también las de sus compañeras, convirtiendo la representación en un testimonio colectivo.
La pieza es una lectura dramatizada que pone la voz como protagonista para enfatizar el carácter intimista y sacar a la luz las emociones que recoge el texto. A través de un primer plano de cada rostro recreamos las condiciones en las que viven las mujeres, grabando a oscuras con la iluminación únicamente de un móvil. Interpretada por las propias mujeres de la asociación, la pieza recoge de forma directa cómo la falta de electricidad atraviesa dolorosamente sus vidas. La oscuridad forzada se convierte en un elemento de miedo y vulnerabilidad que marca sus existencias de manera violenta y transversal; es una situación que estructura su día a día condicionando desde las tareas más básicas.
Para sus hijes, la falta de luz implica una dificultad constante para el aprendizaje, dependen de las horas de sol para el estudio, no tienen acceso a recursos digitales básicos y la clara desigualdad de condiciones afecta en su desarrollo educativo frente a otros niños y niñas. El aislamiento se multiplica cuando por la falta de conexión a internet se corta el acceso a comunicación, información, trámites administrativos y búsqueda de empleo, situándoles fuera de los circuitos básicos de participación social
La ausencia de electricidad conlleva además graves problemas de salud; además de las bajas temperaturas del invierno, la dependencia del gas para cocinar, calentar agua o calefaccionar se convierte en un riesgo permanente y el constante uso de velas aumenta el riesgo de incendios. Esta oscuridad impuesta pasa a ser una manifestación de una violencia estructural que precariza su día a día.
