
La pieza reúne dos fotografías acompañadas de azulejos encontrados bajo los escombros del derribo de la casa de una vecina de la Cañada Real. Las mujeres que los recogieron recordaban esa cocina por sus azulejos y por las tardes en que allí tomaban té y conversaban. Dispuestos junto a las imágenes, estos fragmentos aluden al problema de la vivienda y a los derribos como una forma de desahucio que desde hace más de 15 años marca la vida en el territorio.
Las fotografías muestran, por un lado, los escombros de la casa a la que pertenecían los azulejos y, por otro, una retroexcavadora en plena demolición. La presencia de estas máquinas permanece en la memoria como la de un gran monstruo que se come las viviendas, una forma de nombrar el miedo constante a que les derriben la casa, el lugar donde están la vida, los recuerdos, la historia y las memorias.
En la Cañada Real, muchos derribos se producen como parte de procesos de desalojo y también después del realojo de las familias que habitan las viviendas. Estas demoliciones implican la pérdida material de casas autoconstruidas con esfuerzo e historia, y transforman radicalmente el entorno, generando cerros de escombros y basura que no son retirados por la entidad pública responsable. La permanencia de esos restos funciona como forma de amedrentamiento y advertencia, presionando a las familias para que acepten los realojos proyectados y aumentando la sensación de abandono y desplazamiento forzado que atraviesa a quienes habitan la Cañada.
Que los derribos se realicen sin un procedimiento posterior de limpieza o retirada de escombros evidencia una inacción institucional ligada a la violencia que se ejerce sobre esta comunidad. La imagen de los restos acumulándose en el mismo lugar donde estaban las viviendas se convierte así en una estrategia de deshumanización que pone en evidencia la negación del derecho a la memoria, a una vivienda digna, a la condición de ciudadanes y a unas calles limpias y transitables como en cualquier otro barrio de la ciudad.
